Leyendas de Bécquer: La cruz del diablo

Enhorabuena a Rubén López y Manuel Cabrera.

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Pedro e Inés de Castro

Pedro, que era hijo del rey Alfonso IV de Portugal y heredero al trono, se casó en segundas nupcias con Constança. En esa época, Inés de Castro era su dama de compañía. Pero D. Pedro I se enamoró, no de su mujer, sino de Inés, su hermosa dama de compañía, quien la describe así: “bellísima, de esbelto cuerpo, ojos claros y cuello de garza”.

Pedro e Inés se hicieron amantes. Llega la historia a oídos del Rey y manda desterrarla, confiando en que la separación física de los amantes consiga poner paz en el reino, pues temía que la familia de Inés fuera una mala influencia en cuanto a sus ambiciones políticas, pues era una familia bastante poderosa y con la subida de Inés al trono de Portugal vería aumentado considerablemente su poder. El rey Alfonso IV, molesto por el amor adúltero de su hijo con Inés, decide desterrarla. Se fue a Alburquerque, en Castilla, y desde allí siguió enviando y recibiendo cartas de su amado. Un año después,Constança muere en el parto del infante Fernando (su segundo hijo) y de esta forma Pedro se ve libre del matrimonio de conveniencia. Así logra traer de vuelta a su amada y la instala en un palacio próximo al monasterio de Santa Clara, para poder verla desde su cuarto.

Nueve años después de la muerte de la esposa legítima de Pedro I, se casó este con la que había sido durante tanto tiempo su amante. Pedro, desobedeciendo a su padre, quien ya le tenía otra candidata, se casó en secreto con doña Inés. Cuenta la leyenda que el nuevo matrimonio se traslada a Coimbra, a la Quinta de las Lágrimas. De una fuente parte una acequia hasta el palacio de Santa Clara, por la que Pedro enviaba cartas a su amada en barquitos de madera. El rey urdió un plan para acabar con Inés, no sin antes dudar, pues veía por una parte el peligro de su nieto, el hijo de Constanza, (Fernando) y por otra parte consideraba acción cruel matar a una mujer inocente de toda culpa. Lo cierto es que el rey aprovechó un día en que el infante Pedro había organizado una cacería, y se dirigió secretamente al Monasterio de Santa Clara, próximo a la “Quinta das lágrimas” en Coimbra. Cuando el Rey Alfonso IV se enteró de la boda secreta presta su conformidad al asesinato de Dª Inés, como le recomiendan tres consejeros portugueses. Cuando Inés supo la llegada de su suegro el rey, y sus intenciones, se rodeó de sus hijos y salió a esperar al monarca, a quien supo conmover con lágrimas y súplicas. Se marchaba ya el rey, cuando algunos caballeros que con él iban para presenciar la muerte de Inés, entre ellos Gonçálvez, Coelho y López Pacheco; dichos caballeros entraron adonde estaba Inés y la mataron a puñaladas. La sentencia se ejecutará en la propia residencia de la pareja en Coimbra, aprovechando la ausencia de D. Pedro, muy aficionado a la caza. La joven lloraba clamando que alejaran a sus hijos para que no la vieran morir. El 7 de Enero de 1355, en el jardín, en presencia de los niños, la degüellan sin piedad. Don Pedro clamó venganza por lo ocurrido y se alzó contra su padre. A la muerte de éste hizo detener y ejecutar a los verdugos de su bella doña Inés. De los tres instigadores de la muerte de Inés, Pedro Coelho y Álvaro Gonçalvez expiaron de un modo terrible su crimen; al primero le fue arrancado el corazón por el pecho, y al segundo por la espalda; y Pacheco pudo escapar a Francia y se perdió su rastro. D. Pedro, exhumó los restos de su amada Inés. De manera póstuma fue declarada esposa de Pedro y por lo tanto reina de Portugal después de muerta. En el Monasterio de Alcobaça, ordenó esculpir un túmulo funerario para Inés. Cuando estuvo finalizado, ordenó el solemne traslado de los restos desde Coimbra hasta su túmulo funerario. Pedro mandó construir para ella un mausoleo de piedra blanca en cuya tapa se representó la cabeza de Inés coronada con si hubiese sido reina.

Reza la leyenda que mandó también colocar el cuerpo de Inés en el trono, puso una corona en su cabeza y obligó a los nobles a besar la mano del cadáver. El rey Pedro I también mandó esculpir su tumba, en la que escenificó toda su vida, Al morir, le enterraron próximo a Inés. Sin embargo, en lugar de colocar las tumbas una al lado de la otra, quedaron una en frente de la otra para que el día de la resurrección se pudiesen levantar y caer en los brazos uno del otro.