Gonzalo de Berceo y los Milagros de Nuestra Señora (Siglo XIII). Milagro XVI: el niño judío

Es el principal representante del mester de clerecía en el siglo XIII y el primer autor español de nombre conocido. Su vida estuvo vinculada a los monasterios de San Millán de la Cogolla (Logroño) y Santo Domingo de Silos (Burgos). Se conservan nueve obras suyas, todas escritas en cuaderna vía, entre las que destacan:
– Vidas de Santos: Vida de Santo Domingo de Silos, Vida de San Millán de la Cogolla, Vida de Santa Oria.
– Obras dedicadas a la Virgen: Los Milagros de Nuestra Señora.
            Esta obra es una colección de veinticinco milagros, inspirados en una colección de relatos marianos escritos en latín. En ellos el autor quiere mostrar la beneficiosa influencia de la Virgen en la vida de los hombres.
 
            Berceo no inventa, sólo pretende difundir en lengua romance las historias marianas, por eso busca un lenguaje sencillo, un habla familiar que entienda el pueblo, y recurre con frecuencia a comparaciones tomadas del mundo campesino, a nombres de utensilios domésticos, a refranes, etc.
 
            En esos milagros aparecen continuas llamadas de atención al espectador-oyente, pues hay que imaginar que Berceo, que se llama a sí mismo juglar de santos, escribiría sus obras para recitarlas a sus amigos, a la gente de la parroquia y a los propios monjes.
 
Amigos y vasallos de Dios omnipotente,
si escucharme quisierais de grado atentamente,
yo os querría contar un suceso excelente:

al cabo lo veréis tal, verdaderamente.

            En general, todos los milagros responden a la misma estructura, en la que se observan tres partes diferenciadas: tentación por parte del diablo, caída del pecador y milagro de la Virgen en ayuda del pecador.


MILAGRO XVI. El niño judío

aconteció en un tiempo una famosa hazaña,
sonada es en Francia, lo mismo en Alemania,
semejante a un milagro, de tal tiene calaña.

Un monje la escribió, hombre bien verdadero,
de San Miguel de Clusa él era monje austero;
era en aquel tiempo en Borges hostalero,
Pedro era su nombre, soy en esto certero.

Tenía en esta villa, pues era menester,
un clérigo una escuela de cantar y leer,
tenía muchos discípulos para allí aprender,
hijos de buenos hombres que más querían valer.

Venía un niño judío, natural del lugar,
por sabor de los niños, con ellos a jugar;
acogíanlo los otros, no le daban pesar,
tenían con él todos gusto de solazar.

En el día de Pascua, domingo, a la mañana,
cuando la Comunión toma la grey cristiana,
sintió el niño judío de comulgar gran gana,
comulgó con los otros el Cordero sin lana.

Mientras que comulgaban, con una gran premura,
alzó el niño judío la mirada a la altura,
y vio sobre el altar una bella figura,
una dama hermosísima con gentil criatura.

Vio cómo esta dama que sentada allí estaba
a grandes y a chicos de comulgar les daba;
gustole Ella mucho, cuanto más la miraba
de su gran hermosura más se enamoraba.

Salió de la iglesia alegre y contentado,
fue enseguida a su casa, como estaba avezado,
amenazolo el padre, porque había tardado,
pues merecedor era de ser así hostigado.

Padre –le dijo el niño– no os negaré yo nada,
pues con niños cristianos me fui de madrugada;
con ellos oí misa, ricamente cantada,
y comulgué con ellos la hostia consagrada.

Pesole mucho esto al malaventurado
como si lo tuviese ya muerto o degollado;
no sabía en su gran ira qué hacer el endiablado,
hacía malos gestos como un endemoniado.

Tenía en su casa este perro traidor
un horno grande y fiero que causaba pavor,
hízolo calentar el loco pecador,
de modo que echaba un soberbio calor.

Tomó este niñito el falso descreído,
así como él estaba, calzado y vestido,
dio con él en el fuego, bravamente encendido:
¡mal le venga a tal padre que tal hace a su hijo!

Metió la madre voces, una gran gritería,
tenía con sus uñas las mejillas heridas;
hubo allí muchas gentes en un rato venidas,
de tan feroces quejas estaban aturdidas.

El fuego, aunque bravo, tuvo comedimiento,
ni lo dañó en un punto, mostrose bien atento;
el niñito del fuego se salvó bien exento,
hizo el Rey Poderoso un milagro al momento.

Estaba en paz el niño en el horno voraz,
en brazos de su madre no hallaría más paz:
no preciaba este fuego más que a otro rapaz,
pues le hacía la Gloriosa compañía y solaz.

Saliose de la hoguera sin ninguna lesión,
el calor no sintió más que otra sazón,
no tuvo tacha alguna, ni una tribulación,
pues había Dios puesto en él su bendición.

Preguntáronle todos, ya judío o cristiano,
cómo pudo vencer fuego tan soberano;
cuando no era dueño de su pie ni su mano
que quién lo sostenía allí dentro tan sano.

Respondioles el niño palabra señalada:
«La señora que estaba en la silla dorada
con su Hijo en los brazos, sobre el altar sentada,
ésta me protegía y no sentía nada.»

Entendieron que era Santa María ésta,
que ella lo protegió de tempestad funesta;
cantaron grandes laudes, hicieron rica fiesta,
pusieron el milagro entre la otra gesta.

Cogieron al judío, al falso desleal,
aquél que a su niñito hiciera tan gran mal;
atáronle las manos con un fuerte dogal,
y dieron con él dentro de aquel fuego caudal.

En menos que se cuentan unos pocos pepiones
el hombre fue tornado en ceniza y carbones:
no decían por su alma ni salmo ni oraciones,
mas decían denuestos y grandes maldiciones.

Decíanle mal oficio, hacíanle mala ofrenda,
decían por pater noster: «Cual hizo, que tal tenga»;
de la comunicanda nuestro Dios nos defienda,
para el demonio sea esta maldita prenda.

Tal es Santa María, la que es de gracia plena,
por servicio da gloria, por no servicio pena;
a los buenos da trigo, a los malos avena,
los unos van al cielo, los otros en cadena.

Quien servicio le hace tiene buena ventura,
quien no le hizo servicio nació en hora dura,
los unos ganan gracia, los otros su amargura,
a los buenos y malos sus hechos los mesura.

Los que injurias le hacen, los que no le sirvieron,
sus mercedes ganaron, si bien se lo pidieron:
nunca repudió Ella a los que la quisieron,
ni les devolvió airada el mal que le hicieron.

Por probar esta cosa que dicha os tenemos
digamos un ejemplo hermoso que leemos:
cuando esté va contado mejor lo creeremos,
de buscarle pesar más ya nos guardaremos. 

 

 

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